Fábrica de agua pura
En las alturas de la gran capital, existe una fábrica natural de agua pura. Diariamente, este tesoro hídrico que nace en los agrestes páramos de los parques nacionales naturales Chingaza y Sumapas, recorre las venas del territorio colombiano para nutrir de agua a los embalses de Chuza y de San Rafael, beneficiando alrededor de 8 millones de personas que habitan Bogotá y su periferia, hecho que es desconocido por la gran mayoría.
“Más del 85% de bogotanos se nutren de agua de los páramos”, dice Luis Alberto Espino, guardaparque de la dirección de Parques Nacionales de Colombia, que me acompaña en un recorrido por los cerros que circundan los páramos a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar.
“Aquí, el páramo es como una esponja que retiene el agua de lluvia y luego la libera lentamente”, agrega Espino mientras se da un respiro por el agotador ascenso.
A mi alrededor, la magia de este sistema hidrológico es evidente. Veo piedras cubiertas de musgos que chorrean agua en forma permanente, humedales y pantanales reciben el agua liberada por la vegetación, donde parten arroyos que a su vez alimentan pequeñas lagunas.
“Esto, en infinitas cantidades (estruja en su mano un puñado de musgos que sueltan un chorro abundante de agua), es lo que permite acumular alrededor de 250 millones de metros cúbicos de agua en el embalse de Chuza. El agua es llevada hacia abajo por un gran acueducto bajo tierra para alimentar al embalse de San Rafael (ubicado en la zona alta de Bogotá), que puede dotar a la capital de tres a cinco meses del líquido vital en caso de sequía”, asegura el guardaparque.
Dado este invalorable servicio ambiental de la madre naturaleza para los humanos, la Empresa de Acueductos de Bogotá compró a los ganaderos más de 40 mil hectáreas de tierra para garantizar la sostenibilidad del recurso hídrico, puesto que la ganadería intensiva y los incendios forestales para generar tierras de pastoreo devoraban grandes extensiones del ecosistema generador de agua, haciéndolo peligrar.
Por otra parte, además de estos riesgos, en los nuevos tiempos el cambio climático trajo también irregularidad en las lluvias, hecho que es corroborado por el cuerpo de guardaparques del área protegida.
De vuelta a Bogotá, me encuentro con Julia Miranda, directora general de Parques Nacionales de Colombia. “Nosotros tenemos un proyecto que estamos adelantando con el Instituto de Investigaciones Climáticas, con las corporaciones autónomas regionales y, por supuesto, con el Ministerio de Ambiente y algunas ONG, y tiene el objeto de monitorear la capacidad de acumular agua del páramo del Parque Nacional Natural Chingaza, como fuente primordial de la región.
Estas investigaciones nos deben llevar a tomar medidas muy concretas para lograr conservar grandes áreas de páramo, y de esta manera, afrontar el cambio climático que ya lo estamos viendo y ya lo estamos midiendo. Entonces, creemos firmemente en que la estrategia de ampliar la zona protegida y de establecer un corredor para atacar las amenazas concretas y lograr la preservación de grandes extensiones de páramo, nos puede permitir garantizar el agua a los bogotanos”, explica con cierto orgullo Miranda.
De retorno a Panamá, veo desde la ventanilla del avión la larga espina dorsal de la Cordillera de los Andes, y pienso en los años venideros y en la crisis por el agua a la que se enfrentará Sudamérica. Y estoy convencido de que modelos como el de conservación de páramos que conocí en Chingaza, se vuelven cada vez más valiosos como alternativa de sobrevivencia para una región andina que se enfrentará a futuras sequías, por el retraimiento de los glaciares tropicales que alimentan de agua tanto a la larga y sedienta costa del Pacífico como a la gran cuenca amazónica.
Written by admin on Abril 11th, 2008 with
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